La conexión entre emociones, salud y defensas inmunológicas en los niños es un campo respaldado por la psiconeuroinmunología, que estudia cómo el sistema nervioso, el sistema endocrino y el sistema inmunológico interactúan y se influyen mutuamente. Esta relación mente-cuerpo es especialmente importante en la infancia, un periodo crítico para el desarrollo emocional y físico. Descubre cómo ayudar al niño a expresar y reconocer sus expresiones para que estas no afectan negativamente a su sistema inmune.
¿Cómo influyen las emociones en la salud física de los niños?
Las emociones no son solo estados psicológicos: activan circuitos biológicos que afectan directamente al cuerpo. En los niños, este impacto puede ser aún más fuerte debido a que sus sistemas nervioso, inmunológico y endocrino aún están en desarrollo.
Las emociones activan regiones del cerebro como la amígdala, hipotálamo y corteza prefrontal, que regulan respuestas hormonales y autónomas.
Estas regiones influyen sobre el sistema inmunológico a través del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA) y el sistema nervioso autónomo, modulando la producción de hormonas como cortisol, adrenalina y citocinas inflamatorias, las cuales influyen de manera muy poderosa en el funcionamiento del sistema inmunológico.
1- Emociones positivas (alegría, seguridad, amor, esperanza):
Estas emociones están asociadas con una mejor función inmunológica, niveles más bajos de cortisol (la hormona del estrés) y una mayor resiliencia frente a enfermedades comunes como resfriados o infecciones. Niños felices y emocionalmente estables tienen menos episodios de enfermedades infecciosas (resfriados, otitis, etc.) y se recuperan más rápido.
Promueven la liberación de endorfinas, oxitocina y dopamina, sustancias que reducen la inflamación y aumentan la actividad de células inmunes como linfocitos T y células NK (natural killer).
2- Emociones negativas (estrés, ansiedad, miedo, tristeza crónica, inseguridad):
El estrés crónico puede debilitar el sistema inmunológico infantil, aumentar la inflamación y afectar la recuperación ante enfermedades.
El estrés sostenido activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA), elevando el cortisol, que a largo plazo reduce la producción de anticuerpos y la respuesta inflamatoria controlada, haciendo al niño más propenso a infecciones y enfermedades autoinmunes.
Niveles altos de cortisol suprimen la actividad de linfocitos y células NK (natural killer), cruciales para la defensa frente a virus y bacterias.
También alteran el sueño, el apetito y el equilibrio del microbioma intestinal, que juega un papel clave en la inmunidad.
Se ha comprobado que niños con estrés escolar, bullying o problemas familiares tienden a enfermar más frecuentemente (infecciones respiratorias, dolores de cabeza o de estómago sin causa médica evidente).
Asimismo, la ansiedad de separación o conflictos emocionales no expresados pueden derivar en síntomas somáticos: vómitos, fiebre, dermatitis, etc.
¿Cómo ayudar a los niños a mejorar su inteligencia emocional y sus defensas?
1- Crea en casa un entorno afectivo calmado, predecible y empático que actúa como un “regulador externo” del estrés infantil. Evita los gritos y las prisas en casa.
2- Ayuda a tu hijo a desarrollar su inteligencia emocional, saber controlar y expresar sus emociones, tanto las negativas como las positivas, y mejorar su resiliencia emocional. Enseñar a los niños a reconocer y verbalizar sus emociones reduce la tensión psicológica y previene somatizaciones. Al aprender a comprender sus emociones, los niños y adolescentes pueden gestionarlas mejor y evitar sentirse abrumados por ellas. Reconoce sus emociones, nómbralas y valídalas, tanto las buenas como las malas.
3- Establece un vínculo afectivo seguro, es decir, una relación de apego saludable con él para reducir el impacto del estrés y fortalecer el sistema inmune.
4- En casa debe haber un ambiente predecible y seguro. La estabilidad emocional y las rutinas claras reducen la ansiedad y mejoran el bienestar general. Las rutinas estructuradas dan a los niños una sensación de estabilidad y conexión.
5- Actividad física y el juego libre mejoran el estado de ánimo, reducen el estrés y estimulan la inmunidad.
6- Es importante prestar atención a cambios conductuales (apatía, irritabilidad, regresión) como posibles señales de malestar emocional.
7- Aunque no notes a tu hijo estresado, es importante que incluyas en sus rutinas semanales actividades de regulación emocional como respiración, relajación muscular, mindfulness o arte. Así aprenderá a controlarse cuando se sienta frustrado o enfadado y reducirá el estrés.
8- Expresa tus sentimientos de manera apropiada. Si los sentimientos de estrés, tristeza o ansiedad están causando problemas físicos, guardárselos es peor. Hay que aprender a expresarlos de manera adecuada para que no causen dolores de cabeza, insomnio, dolor de tripa…
9- Establece unos horarios para las tareas escolares, eso ayuda a aliviar el estrés y tener tiempo para jugar o ir al parque. Es importante que el niño no tenga sus tardes ocupadas totalmente con actividades extraescolares o deberes, siempre tiene que tener tiempo para jugar y disfrutar de tiempo libre.
10- Utiliza técnicas de crianza positiva para ayudar al niño a controlar su comportamiento. Hay que establecer límites y consecuencias, dar un buen ejemplo, destacar los comportamientos positivos…
11- Establece una rutina de comunicación abierta con tu hijo, que se sienta seguro de contarte cualquier cosa. Pregúntale a diario cómo está o cómo se siente y escúchale activamente. Cualquier momento puede ser bueno para conversar.
El bienestar emocional de los niños es un componente esencial de su salud física. Una crianza que promueve el manejo emocional, el afecto y la seguridad no solo fortalece la salud mental, sino que también potencia las defensas naturales, evitando infecciones frecuentes.
Fuentes:
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